La odisea himalaya de Brad Pitt que enfureció a Beijing y lo redibujó como actor
Repaso de "Siete años en el Tíbet", el film de Jean-Jacques Annaud que une alpinismo, cautiverio y el vínculo con el Dalai Lama, y que dejó a Pitt y al director sin visa china durante casi dos décadas.
Imaginate la sala a oscuras y, en la pantalla, ese blanco absoluto de la nieve del Himalaya que parece tragarse todo: a mí, la primera vez que vi "Siete años en el Tíbet" me quedó grabado ese contraste brutal entre el vértigo de la montaña y la calma de un monasterio donde un occidental termina aprendiendo a mirar el mundo de otro modo. La película de Jean-Jacques Annaud, basada en el libro autobiográfico de Heinrich Harrer, sigue siendo, a casi tres décadas de su estreno, una de las aventuras más arriesgadas —en todo sentido— del cine de los noventa.
La historia arranca en 1939, cuando Harrer, interpretado por Brad Pitt, decide separarse de su esposa, que está esperando su primer hijo, para sumarse a una expedición alemana al Himalaya. Lo que empieza como un desafío deportivo de élite se transforma de golpe cuando estalla la Segunda Guerra Mundial: el grupo es interceptado por los británicos y los alpinistas terminan en un campo de prisioneros en la India. Ahí se cae el romanticismo del viaje y empieza otra cosa, más áspera, más lenta, más humana.
De prisionero a invitado del Dalai Lama
Después de varios intentos, Harrer consigue escapar y, en una secuencia que funciona casi como una road movie de montaña, atraviesa el Himalaya a pie hasta llegar a Lhasa. Lo que encuentra allí cambia el eje del relato: ya no es la aventura pura, sino el vínculo que construye con el joven Dalai Lama, un chico de su edad que gobierna un país encerrado entre cordilleras. Annaud —que ya había mostrado su obsesión por los paisajes extremos en "El nombre de la rosa" y "El oso"— le dedica al vínculo entre ambos el corazón de la película, y deja la escalada como telón de fondo.
El film también funciona como retrato de un Tíbet que en los años cuarenta ya vivía bajo la presión de una China que se preparaba para invadirlo. Esa capa política, que hoy se lee con otros ojos, fue la que terminó generando el capítulo más insólito de la historia: las consecuencias fuera de la pantalla.
El costo geopolítico de hacer la película
En 1997, el gobierno chino prohibió el estreno de cualquier producción de Sony en el país, una represalia que se mantuvo durante todo ese año como castigo por la mirada crítica que la película proponía sobre la ocupación. Además, le prohibió el ingreso al país a Brad Pitt y al propio Jean-Jacques Annaud, en principio de forma indefinida. Para dos artistas occidentales en pleno ascenso, era un precio bastante alto por contar una historia que incomodaba.
Con el paso de los años, Beijing fue levantando parcialmente la sanción: Annaud pudo volver a China en 2012 y hasta filmó allí "El último lobo"; Pitt, en tanto, consiguió entrar en 2014. Las prohibiciones dejaron de ser eternas, aunque el episodio dejó instalada una pregunta incómoda sobre hasta dónde llega el costo de hacer cine cuando se toca un tema sensible para un mercado enorme.
Me parece que, más allá del escándalo diplomático, lo que sostiene a "Siete años en el Tíbet" en el tiempo es justamente eso que mencionaba al principio: el contraste entre la montaña y el monasterio, entre el alpinista que cree tenerlo todo y el muchacho tibetano que le enseña que todavía le falta aprender muchísimo. Es una película que le pide al espectador la misma paciencia que le pide a Harrer, y que en el tramo final lo recompensa con una de esas escenas que se te quedan pegadas, con ese blanco del Himalaya y un hombre que ya no es el mismo que llegó. A mí, honestamente, me sigue pareciendo una de las interpretaciones más sensibles de Pitt y un punto alto en la filmografía de Annaud, y por eso sigue mereciendo ser revisitada.
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