La mina que no aparece en los mapas: una travesía 4x4 hasta Virginia II
Por la Ruta 40, el ripio de Mogna y el cauce seco del río La Laja, una caravana guiada llegó hasta un antiguo campamento minero que los vecinos identifican como Virginia II. El recorrido, sin señalización turística, exige track propio y piernas firmes para la caminata final.
Si te imaginás una salida a la montaña con final feliz, con carteles que te indican el camino y un museo al final del recorrido, lo que te cuento hoy va por otro lado. A unos 150 kilómetros al norte de la ciudad de San Juan empieza una travesía que combina camioneta, ripio, arena de río y, sobre el final, una caminata entre quebradas. El destino es un campamento minero abandonado que los lugareños llaman Virginia II, en pleno corazón de la Precordillera, y al que se llega siguiendo un track descargado en el celular más que leyendo señales en el camino.
Cómo se llega y qué se necesita para ir
Desde la capital sanjuanina hay que tomar la Ruta 40 hacia el norte y empalmar con la antigua ruta de ripio que va a Mogna. Después el itinerario se interna por tierra hasta meterse en el cauce seco del río La Laja, en un tramo que corre entre Talacasto y Mogna. El precio de referencia para sumarse a una salida organizada de este tipo ronda los 60 mil pesos por persona, con el guía y el traslado en 4x4 incluidos, aunque conviene confirmar valores actualizados al momento de reservar. La caravana que relatamos fue liderada por Verónica Romaña, de Mainumby4x4, quien conoce el terreno y marca el ritmo de la columna.
- Vehículo: camioneta 4x4 con buena altura, cubiertas para ripio y arena.
- Equipamiento: GPS con track cargado, agua en abundancia, protector solar y calzado firme.
- Tramo final: entre 40 minutos y una hora de caminata con pendiente.
- Acompañamiento: guía habilitado y grupo reducido, idealmente menor a diez personas.
- Seguridad: la galería minera no cuenta con evaluación técnica ni medidas de sostenimiento.
El río La Laja: arena, piedras y huellas que se borran
Una vez dentro del cauce, el paisaje cambia: desaparece el asfalto y empieza un mundo de arena movediza, piedras sueltas y material arrastrado por las crecientes. Las huellas se cruzan y se confunden, de modo que cada tanto la columna se detiene para evaluar por dónde seguir. El track ayuda, pero no es garantía: las tormentas borran pasos usados durante meses y obligan a improvisar. En ese tramo la velocidad se vuelve irrelevante y lo que manda es la lectura del terreno.
El campamento: lo que quedó después del pico y la pala
Las camionetas quedan estacionadas en una quebrada, protegidas del sol. Desde allí arranca un sendero zigzagueante que sube entre las lomas hasta donde estaba el campamento. Lo que hoy se ve es un inventario abierto al cielo: chapas dobladas, hierros oxidados, tambores metálicos, paredes derrumbadas y piques parcialmente tapados por el material que fue cayendo con los años. En las galerías se observan todavía rieles por donde circulaban las vagonetas, recipientes para cargar mineral, utensilios de cocina, bolsas que habían contenido explosivos y cables usados para las detonaciones. También quedan cascos, guantes y prendas de los mineros que pasaron largas temporadas allí, como una fotografía detenida de una historia laboral que nunca se terminó de escribir.
Lo que no se sabe: nombre, fechas y mineral
Lo más llamativo del lugar es también lo más incómodo: la falta de información oficial. Los vecinos lo llaman Virginia II, pero la documentación pública que se conoce no permite confirmar ese nombre de manera definitiva. Tampoco están precisados el inicio y el cierre de la explotación, cuántos trabajadores llegaron a pasar por allí ni qué mineral se extraía. Es un sitio que sobrevive más por la memoria oral de los lugareños que por los papeles guardados en un archivo. Quienes visiten las galerías lo hacen por su cuenta y riesgo: no hay evaluación de seguridad ni medidas de sostenimiento en el interior.
Una parada final con fe: la Ramada de Carrascosa
El regreso tuvo una escala distinta. Antes de volver a San Juan, la caravana pasó por la Ramada de Carrascosa, un punto de la Precordillera vinculado con la devoción popular a Santa Bárbara. Es un alto breve, pero sirve para estirar las piernas, tomar algo y dejar que la cabeza procese todo lo visto en Virginia II. Si te copa la idea, conviene saber que la mejor época para ir es el otoño y la primavera: en verano la arena del río se pone muy pesada y el calor pega de lleno, mientras que en invierno las crecidas pueden cerrar pasos y complicar la salida. El resto del año, con buen clima y un guía que conozca el terreno, la experiencia fluye sin mayores sobresaltos. La recomendacion es ir con tiempo, paciencia y la disposicion de aceptar que la montaña no siempre entrega lo que promete, y que eso, a veces, es lo mejor del viaje.
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