Aquella vez que Rambo se probó la capa de Batman y todo se desmoronó
Un director fanático, un cortometraje sin presupuesto y un Silvio convertido en murciélago: la historia jamás contada de Stallone a punto de ponerse el traje del Caballero Oscuro.
Me imagino la escena como si la hubiera vivido: una sala pequeña, con olor a café recalentado y cables por todos lados, donde un tipo con cara de no dormir hace tres noches le muestra a otro, gigante y de sonrisa torcida, un guion guardado en una carpeta gastada. En esa mesa estaba Sandy Collora, un director que recién empezaba a soñarse como alguien, y del otro lado, Sylvester Stallone, el tipo que había hecho de un boxeador de Philadelphia una leyenda y que, en 2003, estaba mirando la posibilidad de colgarse una capa negra detrás de otra. La idea era tan ridícula como irresistible: hacer un Batman sin Warner, sin plata y sin pedir permiso.
La cifra es de esas que dan vértigo: treinta mil dólares. Con eso Collora pensaba filmar Batman: Dead End, un cortometraje que mostraba al Caballero Oscuro persiguiendo a un Joker recién fugado de Arkham, en pleno centro, hasta que la persecución se complicaba con la aparición de un xenomorfo y un depredador que aparecían como convidados de piedra en una fiesta que ya estaba bastante agitada. La película no tenía derechos, no tenía respaldo de estudio, y aun así terminó presentándose en la Comic-Con de ese año y circulando libre por internet después, como esos memes que nadie pidió y todos terminaron mirando.
La llamada que cambió los planes
Lo que no se supo durante años, y que recién ahora queda claro gracias al documental Behind the Mask: The Batman Dead End Story, es que Stallone había dicho que sí. Collora le había comentado que estaba preparando una pequeña producción de Batman, el actor preguntó si los estudios podían meter la cuchara y, después de una pausa típica de quien sabe que está por hacer algo que va a traer problemas, aceptó. Con ese nombre sonando en la mesa, se sumaba Mark Hamill, que ya había sido la voz del Joker en la serie animada de los noventa y que no necesitaba demasiado convite para volver a meterse en la piel del payaso más famoso de Gotham.
Los dos sabían perfectamente que Collora no tenía los derechos. El director les había pedido discreción absoluta para que Warner no apareciera con un abogado y les aguara la fiesta antes de empezarla. Las cosas caminaban. Hasta que el equipo fue a la casa de Stallone para una prueba de vestuario, y ahí se cayó todo. En esa visita el actor confesó que había comentado el asunto con su entorno profesional, y casi de inmediato confirmó que se bajaba. Hamill, que no es de los que quedan plantados, tomó la misma decisión poco después, dejando a Collora con el guion bajo el brazo y la promesa de dos monstruos cinematográficos convertidos en huelladigitales de un proyecto que nunca existió.
Lo que se hizo y lo que quedó en la nada
El corto se hizo igual, claro. Con otros actores, con mucho ingenio y con esa terquedad que tienen los proyectos fan cuando se enamoran de sí mismos. Cumplió su recorrido, ganó un lugar de culto en los circuitos de fans y demostró que con poco se puede hacer mucho cuando la idea es buena. Mientras tanto, Stallone nunca cerró del todo la puerta al personaje. Años después, cuando el guionista Frank Miller salió públicamente a decir que lo veía perfecto para una versión madura de Batman basada en El regreso del caballero oscuro, el actor respondió que se sentía identificado con la situación del hombre que está detrás de la máscara y que, si la energía seguía ahí, podía llegar a ser una revelación. Quedó en palabras, claro. Como muchas promesas que se hacen un martes a la noche y se olvidan al miércoles.
¿Habría cambiado algo en la historia del cine de superhéroes si Stallone hubiera llegado a filmar ese papel? Me permito opinar, porque esta columna me deja esa licencia y porque la pregunta vale la pena: probablemente no, pero nos hubiéramos quedado con una de las imágenes más insólitas que el género podría haber dado. Un Batman con la mandíbula de Rocky, persiguiendo a un Joker con la risa de Hamill por las calles de un Gotham de utilería, mientras un alien y un cazador galáctico aparecían como en la sobremesa de un sueño febril. Habría sido un capricho, una rareza, una pieza de colección que hoy valdría oro en cualquier retro. Lo que me queda, después de masticar esta historia, es la ternura de ver a dos tipos enormes aceitar la máquina del cine de superhéroes desde abajo, sin contratos ni permisos, confiando solo en que la idea valía la pena. A veces el cine más honesto nace en esas mesas improvisadas, con carpetas gastadas y café recalentado, y esta es una de esas veces.
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