Vitamina D en días grises: cuándo vale la pena controlar y cuándo no hace falta tomar nada
Las jornadas sin sol no derriban las reservas del organismo. El médico internista Ramiro Heredia explicó qué grupos sí deben medir sus niveles y por qué suplementar sin indicación puede ser contraproducente.
Te imagino mirando por la ventana, con el cielo encapotado desde hace varios días y la sensación de que el cuerpo te pide algo que no termina de llegar. La radiación solar es, justamente, la principal llave con la que el organismo fabrica vitamina D: cuando los rayos ultravioleta B tocan la piel, se dispara la síntesis que sostiene buena parte de nuestros niveles. Pero las nubes, aunque filtran parte de esa radiación, no la borran del mapa, y el cuerpo además guarda reservas que amortigan los días sin sol.
Así lo planteó Ramiro Heredia, médico especialista en medicina interna de la Universidad de Buenos Aires, al marcar que unos cuantos días de cielo cubierto no se traducen, por sí solos, en una caída significativa de vitamina D. La posibilidad de llegar a un cuadro deficitario depende más de los niveles previos, los antecedentes y las condiciones de salud de cada persona que del estado del tiempo.
Quiénes sí deberían prestar atención
- Adultos mayores, por la menor capacidad de la piel para sintetizar la vitamina.
- Personas con obesidad, donde la vitamina D queda más retenida en el tejido graso y menos disponible.
- Pacientes con enfermedad celíaca, por problemas de absorción.
- Quienes atravesaron cirugías bariátricas, internaciones o cuadros críticos.
- Personas con antecedentes de osteoporosis o fracturas, donde el hueso necesita un acompañamiento extra.
Para todos estos grupos, la decisión de pedir un análisis y, eventualmente, empezar un suplemento depende de la evaluación médica. Heredia fue tajante con el resto: no existe una recomendación general de suplementación para adultos sanos sin una deficiencia documentada.
Por qué pasarse de vitamina D también es un problema
La vitamina D no es inocua en exceso. Consumirla en cantidades elevadas puede generar toxicidad, elevar el calcio en sangre y comprometer la función renal. El especialista recordó que su función central es ayudar a absorber calcio y fósforo, minerales clave para los huesos: cuando falta de forma sostenida, los adultos pueden desarrollar osteomalacia, mayor fragilidad ósea y riesgo de fracturas, mientras que en los niños una carencia marcada puede derivar en raquitismo. También participa en el funcionamiento muscular y en la regulación del sistema inmunitario.
En la mesa, los huevos, los pescados grasos como el salmón y la caballa, y los yogures fortificados suman algo. Pero cuando ya hay una deficiencia instalada, la dieta sola suele no alcanzar para corregirla y ahí entra la indicación profesional. La línea que dejó Heredia es simple y vale la pena repetirla: si no pertenecés a un grupo de riesgo y no tenés un déficit medido, suplementar de forma preventiva es, en el mejor de los casos, tirar la plata; en el peor, un problema para los riñones.
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