Una infancia blanca: la periodista que pasó un año en la Antártida y la contó en un libro
Natalia López tenía 12 años cuando vivió una invernada en la Base Esperanza junto a sus padres y hermanos. En Una casa en el fin del mundo reconstruye la rutina, los riesgos y los aprendizajes que marcaron su vocación.
La periodista y locutora Natalia López, actualmente dedicada al periodismo y a la comunicación, publicó su primer libro, Una casa en el fin del mundo, en el que reconstruye el año que pasó junto a su familia en la Base Esperanza, una de las estaciones antárticas permanentes que la Argentina mantiene activa desde 1952 sobre la península Trinidad. La autora tenía 12 años en 1996, cuando compartió la invernada con sus padres y hermanos en un entorno donde el clima y el aislamiento condicionan cada aspecto de la vida cotidiana.
La vida diaria en el continente blanco
Durante esa temporada, López y los demás chicos y chicas de la dotación compartían sus tiempos libres en el casino de la base, un espacio común equipado con mesa de pool, metegol y equipos de música, donde también se organizaban distintas actividades. Complementariamente, realizaban caminatas por los alrededores, siempre con una radio portátil para mantenerse comunicados con los adultos.
El procedimiento estándar de la base indicaciones específicas desde el momento del ingreso para reconocer los riesgos del terreno helado. Sin embargo, en una de esas salidas, el hielo cedió bajo los pies de López mientras caminaba con otros adolescentes. La periodista cayó al agua de deshielo y quedó suspendida, aferrándose con manos y brazos, hasta que su hermana se agachó desde un punto firme y le permitió salir. La escena, que la autora describe como traumática pero decisiva, forma parte central del relato.
El rescate, el regreso y la reacción familiar
Tras el episodio, uno de los adolescentes dio aviso a la base. López y el grupo recorrieron a pie unos tres kilómetros hasta regresar al complejo, mientras los adultos salían a buscarlos por el área. Al llegar, personal de la base la asistió con una ducha caliente para que recuperara temperatura corporal. Más tarde, sus padres también la retaron por lo ocurrido, en una reacción que la autora enmarca dentro del estilo austero y riguroso que caracterizaba a las familias en la Antártida.
La austeridad como aprendizaje y una vocación que nació junto al hielo
Para López, la convivencia en la Antártida dejó una mirada particular sobre las necesidades cotidianas. En la base se llevaba lo indispensable, y cada objeto disponible adquiría otro valor. Como ejemplo, recuerda que cerca del final de la estadía intercambiaron cucharitas con la insignia argentina por manzanas con pasajeros de un buque turístico de bandera alemana, en una escena que el libro recupera como retrato del trueque y de la mirada diferente sobre los bienes elementales.
La experiencia también influyó de manera directa en su futuro profesional. Su madre trabajaba como locutora en la filial de Radio Nacional de la Base Esperanza, y ese contacto encendió su interés por el medio. Más adelante, López estudió la carrera de Ciencias de la Comunicación en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, ubicada en el centro, y la carrera de Locución, realizó una tesis documental sobre la Antártida y regresó al continente blanco en cuatro oportunidades a lo largo de su carrera, tareas que la vincularon de manera definitiva con el periodismo.
Tres décadas después, un libro para ordenar la memoria
Casi treinta años más tarde, la autora decidió retomar aquellos recuerdos en Una casa en el fin del mundo, una obra organizada en torno a escenas de convivencia familiar, aprendizaje de la austeridad y vínculo con la naturaleza. La narración combina anécdotas de la infancia con reflexiones de la adulta, en un registro que va de lo doméstico a lo geográfico, y donde la Antártida funciona como telón de fondo y como personaje.
El libro se inscribe en una línea de testimonios argentinos sobre la Antártida, que incluye relatos de científicos, militares y civiles que pasaron temporadas prolongadas en las bases. En ese contexto, la mirada infantil aporta un contrapunto singular: la de quien descubrió la radio, vivió un accidente en el hielo y aprendió a leer el paisaje blanco antes que los manuales.
Comentarios
0Todavía no hay comentarios. Sé el primero.
CBA Ahora