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VIE, 16 OCT 2026
Vida

¿Te gritó tu abuela que le robaste la lapicera? Quizás no sos vos: señales que sí merecen una consulta médica

Distorsiones, alucinaciones o creencias que no se sacuden con evidencia: cuándo vale la pena sentarse frente a un profesional y por qué no todo es cuestión de voluntad.

AT
Agustín TisseraTecnología · · lectura 3 min
¿Te gritó tu abuela que le robaste la lapicera? Quizás no sos vos: señales que sí merecen una consulta médica

¿A quién no le pasó de discutir de memoria con un familiar sobre dónde quedó la lapicera, la llave o la jubilación del vecino? Trampa mental, le decimos. Pero ojo: cuando alguien empieza a ver cosas que nadie más ve, a sentir que el cuerpo le cambió de tamaño o a sostener con una firmeza a toda prueba que su pareja lo quiere reemplazar por un doble, la cosa deja de ser chiste y pasa a ser una señal que pide un médico. La diferencia importa y mucho.

Antes de meternos en el barro, conviene ordenar la cancha, porque en el barrio se mezclan tres términos que no son sinónimos. Una distorsión es sentir que algo que existe cambió: la pieza se agrandó, la mesa se encogió, la pared se viene encima. Una alucinación es percibir algo que no tiene estímulo afuera: una cara, una voz, un bicho que nadie más encuentra. Y un delirio es una creencia fija que sobrevive a cualquier prueba en contra, por más fotos, videos y testigos que sí le tiren arriba de la mesa.

Ver figuritas que nadie más ve no es, en sí mismo, locura

Parece insólito, pero existe un síndrome que se llama Charles Bonnet, que no tiene nada que ver con la telaraña ni con el sombrero: gente mayor con problemas serios de vista puede ver imágenes complejas, a veces hasta personas, y lo más interesante es que reconoce que no son reales. Antes de cerrar cualquier diagnóstico aparecen los estudios neurológicos y cognitivos, y si la presentación es atípica, neuroimagen para descartar que haya otra cosa cocinándose atrás.

Y si la distorsión va por el lado del tamaño, propio o del entorno, entra en escena el síndrome de Alicia en el País de las Maravillas, que no es el de Tim Burton ni el de Lewis Carroll, aunque el nombre rinda homenaje a esos. Lo que hace es modificar cómo se perciben el cuerpo, las distancias y hasta el paso del tiempo. Una revisión de 169 casos publicada en la literatura científica encontró que en adultos la causa más frecuente era la migraña y en menores de 18 años, las encefalitis. Como para no confundir un dolor de cabeza recurrente con un cuento de hadas.

Cuando la creencia se enquista y no hay prueba que la mueva

Hay experiencias que se meten con la idea que alguien tiene de sí mismo o de los que lo rodean: la convicción íntima de no existir, de haberse transformado en un animal o de que un ser querido fue reemplazado por un impostor. Ninguna de esas cosas se interpreta como una decisión voluntaria ni como un capricho para llamar la atención. Requieren atención profesional, sí o sí, y suelen ser las que más cuesta llevar a la consulta porque incomodan, asustan o dan vergüenza.

Lo mismo corre para los celos delirantes, que no son los celos de toda la vida de cualquier pareja sino una certeza fija, irracional y persistente de infidelidad que ninguna evidencia alcanza a desactivar. Y para las sensaciones de organismos caminando sobre la piel o metidos debajo: antes de pensar en un diagnóstico psiquiátrico, el profesional tiene que descartar una infestación real, déficits vitamínicos, problemas de tiroides, infecciones y consumo de sustancias. El tratamiento depende de lo que aparezca en el recorrido, no de un a priori.

Moraleja, che: si la experiencia es nueva, persistente y afecta la vida cotidiana, la consulta no es un lujo ni un signo de debilidad. Es la manera más directa de sacarse la duda y, sobre todo, de no terminar automedicándose con el diagnóstico del vecino, que suele ser el más creativo y el menos útil. Veremos, che.

AT
Agustín TisseraTecnología

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