Se fue El Negro Rada y con él se apagó un pedazo del ritmo que nos crió
El músico uruguayo Rubén Rada murió a los 83 años tras casi un mes internado por una neumonía. Su velatorio será en el Palacio Legislativo de Montevideo con acceso libre al público. Artistas argentinos y uruguayos lo despidieron con palabras que dan cuenta de la huella que dejó en toda la región.
Lo imagino todavía entrando a un escenario con esa sonrisa enorme, los brazos abiertos como quien abraza a todo un país, y detrás suyo una batería que parecía latir al mismo ritmo que el corazón de Montevideo. Rubén El Negro Rada se fue este miércoles a los 83 años, después de casi un mes de internación por una neumonía que finalmente lo venció, y la noticia cayó como un golpe de parche seco en plena tarde rioplatense: duele, pero sobre todo deja un silencio enorme donde antes había candombe, swing y una alegría que contagiaba sin pedir permiso.
El velatorio se realizará en el Palacio Legislativo de Uruguay, según confirmó su entorno, y la entrada será libre para todo el público que quiera acercarse a despedirlo. No es un dato menor: muy pocas figuras de la música popular reciben ese tratamiento institucional en Uruguay, lo que habla del lugar que Rada supo ganarse a lo largo de más de seis décadas de carrera.
Un puente entre generaciones
Para los que peinamos canas y crecimos escuchando radio en los años ochenta, Rada fue siempre una presencia familiar. Desde aquel debut en los primeros sesenta hasta sus colaboraciones más recientes, El Negro fue de esos artistas que parecen no envejecer nunca, no porque el tiempo no pase sobre ellos, sino porque su música tiene la cualidad de reinventarse sin perder la raíz. Canciones como Tengo un candombe para Gardel, Cha-cha muchacha, Ayer te vi y la entrañable Botija de mi país, que escribió junto a Eduardo Mateo, forman parte de la banda sonora de varias generaciones en Argentina y Uruguay, y seguramente van a seguir sonando en reuniones familiares y en festivales de acá a muchos años más.
- Tengo un candombe para Gardel, una de sus composiciones más celebradas, donde el candombe se cruza con el tango en un homenaje al Morocho del Abasto.
- Cha-cha muchacha, tema que recorrió Latinoamérica y lo instaló como figura de alcance regional.
- Ayer te vi, una de las baladas más recordadas de su repertorio.
- Botija de mi país, escrita junto a Eduardo Mateo, convertida en pieza emblemática de la cultura popular uruguaya.
Los mensajes que llegaron desde la Argentina
La noticia cruzó rápido el charco y los teléfonos de colegas argentinos no tardaron en llenarse de mensajes. Fito Páez, que lo conoció siendo adolescente en un local porteño cerca de Corrientes y Callao, le escribió en redes que la familia Rada es la familia Páez y lo despidió como el gran caudillo del amor y la música, de la risa, el swing y la alegría. Quien haya leído Infancia y Juventud sabe que ese encuentro de juventud dejó huella en el rosarino, y que el vínculo se mantuvo vivo durante décadas.
“La familia Rada es la familia Páez. Hoy se nos fue el gran caudillo del amor y la música. De la risa, el swing y la alegría.”Fito Páez
También se sumó Natalia Oreiro, compatriota de Rada, que le dedicó la letra de Botija de mi país y lo definió como lo más grande del Uruguay como artista, como persona y como amigo. Gustavo Santaolalla, que con Los Auténticos Decadentes y otros tantos compartieron escenarios y festivales, lo recordó como artista extraordinario, de múltiples talentos, y aseguró que su voz y su bella persona quedan para siempre con nosotros. Valeria Lynch, Charly García, Nito Mestre y los propios Decadentes también publicaron mensajes en la misma dirección: la de despedir a un colega enorme pero, sobre todo, a una persona querida, cálida, generosa con sus pares.
Una despedida a la altura de su historia
Que el velatorio sea en el Palacio Legislativo y no en una sala de música o en un teatro dice bastante del personaje. Rada fue mucho más que un baterista virtuoso, que un cantante con swing o que un compositor con oficio: fue un constructor de identidad rioplatense, alguien que tomó el candombe montevideano, le inyectó jazz, rock, funk y humor, y lo devolvió a la calle como un patrimonio compartido por toda la región. En sus recitales, sobre todo en esos shows que daba en Buenos Aires donde la sala terminaba transformada en una gran comparsa, uno sentía que estaba participando de algo que excedía lo musical: era una liturgia pagana, alegre y profunda al mismo tiempo, de esas que solo se montan cuando el artista que está en el escenario entiende de verdad la cultura que lo sostiene.
Me toca despedirlo desde este lado del charco con la sensación de que se va un pedazo de mi propia formación. Lo vi varias veces en vivo a lo largo de los años y siempre salí del show con la certeza de que la música popular de esta región tenía un tipo al que no le entraba la tristeza ni en los peores momentos, y que eso, lejos de ser una pose, era una forma de militancia. Gracias, Negro, por tantos candombes, por tantas risas, por enseñarnos que el ritmo es también una manera de abrazarse. Que en paz descanses, maestro.
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