Pergolini convirtió el sótano de su programa en una cueva de vinilos: los hizo a medida con una impresora 3D
El conductor de No preguntes por Rusia rediseñó el fondo del estudio con soportes impresos en una impresora 3D que él mismo fabricó; las tapas, que van desde Spinetta hasta Prince, rotarán de emisión en emisión.
Hay tardes en que uno entra a un set de televisión y el aire huele a otra cosa. No a maquillaje, ni a café recalentado, ni a ese ozono raro que dejan las luces led cuando están muchas horas encendidas. Huele a vinilo, a esa mezcla de papel, cartón y polvo fino que largan las tapas cuando uno las pasa con el dedo. Eso es lo que pasó en el estudio de No preguntes por Rusia, donde el fondo dejó de ser un paredón oscuro con luces azuladas y se transformó, de un jueves a otro, en una pequeña cueva musical que Mario Pergolini armó con sus propias manos, en el sentido más literal de la expresión.
Porque laperlita esta vez no fue contratada a un escenógrafo ni a un estudio de diseño: Pergolini contó al aire que los soportes que sostienen cada disco los imprimió él mismo en una impresora 3D. Y no es la primera vez que el conductor se manda una de estas: ya viene mostrándole a su público su faceta de inventor amateur, la misma que lo llevó en otras temporadas a armar gadgets y prototipos con la misma paciencia obsesiva con la que un disc jockey elige el tema con el que va a abrir un set.
Una selección que va de Spinetta a Nirvana
Cuando Nico Etevenaux, columnista del ciclo, se acercó a la nueva estructura y empezó a leer las tapas como quien lee el menú de un bodegón, el recorrido fue largo y caprichoso. Pergolini fue señalando de a uno los vinilos que eligió para esta primera camada: arrancó con Peluson of milk, de Luis Alberto Spinetta, y siguió con Fore!, de Huey Lewis & The News, un disco que tiene más sol californiano que una camiseta de los Beach Boys. Más allá se apiñaban Pink Floyd, Manu Chao y Babasónicos, como si la geografía musical del fondo no entendiera de fronteras.
Pero lo que de verdad levantó las cejas de los que mirábamos desde casa fueron dos piezas: un laserdisc de Prince que parece sacado de un museo de los formatos perimidos, y una edición japonesa de Nirvana que Pergolini señaló con el orgullo de un coleccionista que sabe que, al lado del original, siempre hay una rareza que vale el doble. En las filas inferiores se acomodaron, sin orden aparente pero con lógica de melómano, Catupecu Machu, The Velvet Underground, The Rolling Stones, Los Tipitos y Barry Manilow, una mezcla que va del rock argentino de los noventa al sonido filadelfia sin pedir disculpas.
- Los Piojos, AC/DC, Daniel Melingo y La Renga, la cuota de rock argento pesado.
- Foo Fighters, Viejas Locas y Ataque 77, para los que siguen tirando pogos en la cabeza.
- Fito Páez, el único que puede estar en cualquier lista sin que nadie se queje.
- Una guitarra colgada, un sillón, una lámpara de pie y un mueble con equipos de colección que terminan de armar la escena.
- Una estantería con discos compactos en otra pared, porque Pergolini no reniega de nada.
“Los vamos a ir cambiando”
“Los vamos a ir cambiando.”Mario Pergolini, en No preguntes por Rusia
El cambio del fondo se completó en el mismo estudio subterráneo desde el que Pergolini emite el ciclo desde el arranque de la temporada 2026. En su momento, él mismo había descrito ese lugar como un “sótano prestado”, con las limitaciones lógicas de un espacio que no fue pensado para televisión. Lo que hace esta movida es, en parte, una declaración de principios: en vez de pelearse con las paredes, el conductor decidió apropiarse del lugar a fuerza de objetos que cuentan algo de quién es él cuando no está leyendo el guion. La guitarra colgada, el sillón, la lámpara de pie y el mueble con equipos vintage terminan de componer una ambientación que pide a gritos que alguien se siente, ponga un disco y se quede un rato.
Y acá va la pregunta que me quedó dando vueltas mirando la pantalla, mientras Pergolini explicaba orgulloso su sistema de soportes: ¿qué tapas elegiríamos nosotros para decorar nuestro propio living, si tuviéramos una pared entera para llenarla? Porque de eso se trata, al final, este tipo de decorados. No es merchandising ni marketing: es un mapa de identidad desplegado a la vista de todos. Y a mí, que vengo siguiendo a Pergolini desde los tiempos de CQC, me gusta verlo en esta etapa donde el tipo se permite bajar la guardia, mostrar sus gustos sin filtro y, de paso, recordarnos que la música en formato físico todavía tiene algo que ningún algoritmo de streaming va a poder reemplazar: el placer de parar, pararse frente a la repisa y elegir, con las manos, qué quiere uno escuchar esta noche.
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