Lindelof vuelve a romper el corazón de los fans de Perdidos y revela qué era realmente esa otra realidad
A más de quince años del final, el cocreador de la serie aclaró el sentido de los flash sideways de la sexta temporada, desmintió la idea del purgatorio y contó cómo un texto budista terminó dándole forma al cierre más discutido de la televisión moderna.
Hay una imagen que me persigue desde aquella noche del 2010 en la que se emitió el último capítulo de Perdidos: la pantalla va oscureciendo de a poco, el ojo de Jack Shephard se cierra con ese temblor que parece una rendición, y el fundido a negro llega envuelto en una música que todavía me eriza la piel. Muchos espectadores apagaron el televisor con la sensación de que habían estado mirando un purgatorio disfrazado de isla tropical. Damon Lindelof, uno de los dos cocreadores de la serie junto a J.J. Abrams, volvió a salir a la palestra para aclarar, una vez más, que esa lectura nunca fue la correcta. Y la explicación es, si se me permite decirlo, todavía más hermosa que la teoría que el público construyó durante una década.
La idea más instalada entre los fans sostenía que nada de lo visto durante las seis temporadas había ocurrido de verdad: que la isla era una especie de limbo donde los personajes purgaban sus pecados y que el avión de Oceanic 815 jamás se había estrellado. Lindelof lo desmiente de manera tajante. Según sus propias palabras, todo lo que se mostró en la isla fue absolutamente real. La Iniciativa Dharma existió, la isla existió, y cuando el relato principal termina con Jack cerrando los ojos por última vez, todavía quedaban Hurley y Ben al frente de aquel lugar tan misterioso como magnético.
“Todo lo que siempre te hemos mostrado, todo lo que ocurre en la isla, ocurrió. Absolutamente, al cien por cien.”Damon Lindelof
Entonces, qué eran los flash sideways
Si la isla fue real, lo que nunca existió fue esa línea narrativa paralela que apareció en la sexta temporada. En ella, los personajes no se conocen entre sí, viven en una versión alternativa de Los Ángeles y el vuelo Oceanic 815 nunca se estrella porque aterriza sin problemas. Esa dimensión, a la que la producción bautizó como flash sideways, no es una realidad alternativa ni una paradoja temporal al estilo de la ciencia ficción clásica. Es, ni más ni menos, la experiencia de los personajes después de la muerte. Una vez que Jack muere en la isla, su conciencia se encuentra con las de sus compañeros en ese espacio donde recién comienzan a recordar la vida que compartieron.
La decisión de cerrar la serie con la muerte de Jack no fue improvisada. Los guionistas lo supieron desde muy temprano. Les obsesionaba la simetría entre el ojo que se abre en el primer minuto del piloto y el ojo que se cierra en el último minuto del final. El problema era otro: cómo mostrar lo que le pasaba al protagonista después de ese cierre sin traicionar la lógica interna del relato. Ahí es donde la serie se vuelve un objeto cultural todavía más interesante, porque la respuesta la encontraron en un texto que no tiene nada que ver con la televisión.
Un libro tibetano y un truco narrativo enorme
- El concepto del Bardo Thodol, conocido en Occidente como el Libro tibetano de los muertos, describe un estado intermedio en el que una persona muere pero todavía no sabe que está muerta.
- En ese estado, nadie puede decirle al difunto lo que le pasó; lo máximo que se puede hacer es enviarle señales que lo ayuden a comprender su nueva condición.
- Lindelof resumió la idea con una frase que funciona como declaración de intenciones de toda la serie: la idea de Bardo es un lugar al que vas cuando mueres pero no sabes que estás muerto, nadie puede decírtelo.
- Para que el público no descubriera el truco antes de tiempo, los guionistas introdujeron los viajes en el tiempo sobre el final de la cuarta temporada y construyeron toda la quinta temporada alrededor de esa idea.
- La estrategia apuntaba a que los espectadores leyeran los flash sideways como una consecuencia lógica de los saltos temporales, hasta que los propios personajes empezaran a recordar cosas que en esa línea nunca habían vivido.
Es ese último punto el que vuelve tan brillante al recurso. Kate recuerda a Jack, Sawyer recuerda a Juliet, Charlie recuerda a Claire, y cada uno de esos recuerdos funciona como una grieta en la realidad alternativa. Cuando los personajes empiezan a hacerse preguntas sobre por qué recuerdan cosas que nunca les pasaron, el espectador también. Y cuando finalmente se dan cuenta de que están muertos, la emoción llega de golpe, sin aviso, como suele pasar en la vida. Esa es la escena de la iglesia, con Jack y su padre, Christian Shephard, diciéndole que ya es hora de irse. Es el momento en que todo encaja y, al mismo tiempo, todo se rompe un poco por dentro.
Yo soy de los que siempre defendieron esta lectura. Sé que muchos fans siguen prefiriendo la teoría del purgatorio, y los entiendo: la serie alimentó esa hipótesis durante años con pistas, símbolos y una mitología tan densa que daba para cualquier interpretación. Pero cuando uno mira Perdidos sin el ruido de los foros y de las discusiones online, lo que encuentra es algo mucho más sencillo y, a la vez, más profundo. La serie nunca necesitó que la isla fuera un castigo. Bastaba con que fuera real, y con que esos personajes tuvieran, después de morir, la oportunidad de reencontrarse y de recordar juntos lo que habían vivido. Si me preguntan a mí, ese sigue siendo el mejor final que se podía escribir. Y lo digo convencida, aun a riesgo de que algún fanático me dispute el argumento en los comentarios.
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