La última entrega de Bryan: cómo Zach Cregger rearmó Resident Evil en 95 minutos de tensión pura
Austin Abrams vuelve a ponerse a las órdenes del director de Weapons para protagonizar una adaptación de la saga de videojuegos que toma como punto de partida un paquete con destino al hospital de Raccoon City y que termina convertiendo a su personaje en una criatura imposible de controlar. La película, de poco menos de hora y media, se piensa como una historia de orígenes y deja al mensajero sin la salida feliz.
Hay una imagen que se repite en mi cabeza mientras escribo esta nota: la de un tipo cualquiera, con uniforme de mensajería y cara de no haber dormido bien, bajando de una camioneta bajo una nevada espesa. El viento corta, la ropa se pega al cuerpo y, sin embargo, lo que tiene entre manos es apenas un paquete con una etiqueta que dice hospital de Raccoon City. Esa postal, casi de silencio, abre la nueva película de Resident Evil que dirigió Zach Cregger y que protagoniza Austin Abrams, el mismo actor con el que el realizador había trabajado en Weapons. El reencuentro, lejos de parecer un capricho, funciona como una declaración de intenciones: volver a juntar a una dupla que ya se había entendido en un tono sórdido y minucioso para llevarla, ahora, al terreno del terror de videojuego más famoso de todos los tiempos.
La película dura alrededor de 95 minutos, una decisión que a esta altura ya casi se lee como una declaración de principios: nada de blockbuster inflado, nada de dos horas y media de explicaciones. En ese rato comprimido, Abrams interpreta a Bryan, un mensajero cuya última entrega lo deposita en medio de un desastre que todavía no terminó de estallar. La excusa del trabajo es lo único que lo separa de volver con su novia, que está embarazada, y la película usa esa condición de hombre común, agotado y sin ninguna preparación heroica, como su verdadera materia prima. Lo que sigue, claro, es lo que uno ya imagina cuando escucha la palabra Resident Evil: zombis, persecuciones, decisiones tomadas a los ponchazos y un virus que se expande más rápido de lo que cualquier planisferio puede contener.
Un rodaje bajo cero en Praga y un monstruo que crece desde adentro
Para componer a Bryan, Abrams contó que la idea fue sostener durante toda la película la sensación de que su personaje no estaba entrenado para nada de lo que le estaba pasando. Las persecuciones, los choques con criaturas, las decisiones de vida o muerte se resuelven con el cuerpo de alguien que no sabe pelear y que, aun así, intenta llegar a la esquina siguiente. Esa fragilidad buscada se filmó, además, en condiciones extremas: jornadas de bajas temperaturas en Praga, escenas de carrera sobre la nieve y, en varios días, la propia lluvia del set se congelaba sobre el vestuario. A esa dureza física se le sumó un trabajo interior delicado: Abrams tuvo que ir registrando la transformación progresiva de Bryan a medida que la infección avanza, un proceso que termina convirtiéndolo en una criatura de gran tamaño.
Sobre las escenas en las que Bryan ya dejó de ser Bryan, el actor explicó que el director le pedía que intensificara los rugidos y que él tuvo que aprender a dejarse llevar por la incomodidad de actuar como un monstruo. De alguna manera, había que comprometerse con lo que uno iba imaginando mientras rodaba, aunque esa imagen interna no fuera precisamente elegante. La confesión sirve para entender algo clave de la película: incluso en su tramo más cercano al cine de monstruos, el proyecto nunca pierde de vista al ser humano que hay del otro lado de la infección.
Lo que pasa después del paquete: un final que no concede escapatoria
A partir de acá, conviene avisar que la película incluye detalles del desenlace. El recorrido empieza de la manera más trivial posible: el mensajero atropella accidentalmente a una mujer que, casi de inmediato, comienza a convertirse en zombi. A partir de ese primer choque, la historia va sumando capas. Bryan huye de un policía, encuentra refugio en una granja y descubre que el contenido del envío que transportaba no era cualquier cosa: adentro viaja un antídoto para el virus T, la amenaza de fondo que sostiene toda la saga. Es la paradoja clásica del héroe involuntario: lleva en el baúl la solución que el mundo necesita y, al mismo tiempo, ya recibió una mordedura que lo cuenta entre los condenados.
La transformación, como se dijo, termina por convertirlo en una criatura de gran tamaño, y es justamente en ese punto donde la película toma su decisión más arriesgada. Abrams señaló que lo sorprendió la decisión de llevar al protagonista hasta su muerte y de frustrar, de ese modo, aquello por lo que Bryan había luchado durante toda la película. En su lectura, ese desenlace no es un capricho sombrío sino una manera de contar cómo el virus siguió extendiéndose igual, aun cuando había existido una oportunidad concreta de detenerlo. Por eso el actor describió a la película como una historia de orígenes: no se trata de cerrar la amenaza, sino de mostrar el momento exacto en que la amenaza se vuelve imparable.
- Duración aproximada de 95 minutos para la nueva adaptación de Resident Evil.
- Protagonista a cargo de Austin Abrams, que ya había trabajado con Zach Cregger en Weapons.
- El personaje es Bryan, un mensajero que busca completar su última entrega y volver con su novia embarazada.
- Rodaje en Praga con jornadas de bajas temperaturas y nieve, y escenas en las que la lluvia se congelaba sobre el vestuario.
- El paquete que transporta contiene un antídoto para el virus T, pero Bryan ya fue mordido antes de poder usarlo.
- La transformación lo convierte en una criatura de gran tamaño y el director le pedía al actor que intensificara los rugidos.
- El final muestra la muerte del protagonista y, según Abrams, funciona como una historia de orígenes del brote.
Si me preguntan qué se espera encontrar en una adaptación cinematográfica de Resident Evil, la respuesta más honesta es esta: la expectativa razonable es ver zombis, ver el virus T, ver Raccoon City en algún formato reconocible y, sobre todo, ver cómo una franquicia que ya pasó por décadas de videojuegos y por varias películas encuentra un ángulo nuevo. Lo que ofrece Cregger es precisamente eso: un recorte chiquito, casi íntimo, contado desde la mirada de un don nadie que jamás pidió estar en el centro del Apocalipsis. Abrams le pone a Bryan una humanidad que duele, sobre todo cuando uno sabe que la historia no le va a conceder una salida. Y ahí, justo en esa crueldad controlada, es donde la película se diferencia de sus antecesoras: no busca ganar la guerra contra el virus, sino mostrar el instante exacto en que esa guerra se vuelve, definitivamente, perdida. Para mí, que crecí jugando estas historias, esa decisión duele y, al mismo tiempo, se agradece.
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