Imágenes falsas creadas con inteligencia artificial dejaron huellas reales en adolescentes de Lomas de Zamora
Cuatro menores son investigados por fabricar y difundir material sexual manipulado con IA a partir de fotos de redes sociales. La causa, caratulada como producción y distribución de material de abuso sexual infantil, reabrió el debate sobre el daño psicológico que estas prácticas dejan en las víctimas y sobre los límites difusos del cuidado digital entre adolescentes.
El timbre del recreo todavía suena distinto en el colegio secundario de Lomas de Zamora donde, hace algunas semanas, un puñado de chicas de entre catorce y dieciséis años descubrió que sus propias fotografías, recortadas de perfiles públicos de Instagram, habían sido convertidas en imágenes sexuales falsas con ayuda de programas de inteligencia artificial y repartidas por grupos de mensajería entre compañeros. No eran fotos robadas en un baño ni grabaciones con celular escondido: eran archivos comunes, de esos que cualquier pibe sube sin pensarlo mucho, que un software reconvirtió en otra cosa. Y aunque las víctimas saben, porque se lo dijeron madres, padres y docentes, que aquellas imágenes nunca fueron reales, eso no alcanzó para apagar el malestar que les quedó en el cuerpo.
"Aunque sé que es falso, me dio vergüenza", repite una de las alumnas chaque vez que tiene que contar lo que pasó, como si necesitara explicarse ella misma por qué le cuesta tanto sacárselo de la cabeza. La frase, que se escuchó en pasillos, en reuniones con preceptores y en la marcha que las propias estudiantes organizaron frente al edificio escolar, condensa la paradoja central de este tipo de episodios: la falsedad técnica de la imagen no neutraliza el daño emocional que produce en quien aparece en ella, y la Justicia argentina empieza a tener que traducir eso a un expediente.
Qué investigan la Justicia y la policía
La causa tramita en el fuero de responsabilidad penal juvenil de Lomas de Zamora y está caratulada como producción y distribución de material de abuso sexual infantil, una figura que, según los especialistas consultados, contempla los llamados MASI, es decir, contenidos sexualmente explícitos que involucran a personas que en la realidad no participaron de esas escenas, y que suele agravarse cuando las víctimas son menores de edad. Sobre los cuatro alumnos apuntados pesan medidas cautelares: pasaron a la modalidad virtual mientras avanza la investigación, tienen prohibido acercarse a las víctimas y la Justicia ordenó el cese de cualquier tipo de hostigamiento, según confirmaron fuentes judiciales a este portal.
En las últimas semanas se realizaron allanamientos en los domicilios de los jóvenes involucrados, donde la policía secuestró celulares y dispositivos que ahora son peritados. La expectativa de las familias afectadas es que la investigación determine no sólo quién fabricó las imágenes sino también quién las reenvió, porque en varios casos la cadena de distribución se ramificó hacia otros colegios de la zona y hacia plataformas abiertas.
Lo que cuentan las adolescentes y sus familias
- Vergüenza y asco: varias víctimas relataron que la primera reacción fue no querer salir de la casa, aunque racionalmente entendían que las imágenes no existían en la realidad.
- Miedo al alcance: una de ellas lo resumió con una preocupación que atravesó toda la charla con la prensa: "Creemos que pudo haber llegado a cualquier parte del mundo".
- Silencio inicial: contaron que tardaron en hablar con sus padres porque no querían que los vieran de esa manera, aun sabiendo que se trataba de material manipulado.
- Respuesta institucional percibida como tardía: las familias sostienen que el colegio reaccionó con lentitud cuando se conocieron los primeros casos, lo que motivó la protesta estudiantil.
- Marcha y colecta de testimonios: la movilización frente al colegio congregó a estudiantes de distintos cursos y familiares, y los videos se viralizaron, despertando relatos de situaciones similares en otras instituciones.
Ese es, justamente, uno de los puntos que más duele del caso. Lucía, una mamá del barrio de Banfield que prefiere no dar su apellido porque la nena todavía está armando de a poco cómo volver a la rutina, me cuenta mientras tomamos un café en una de las esquinas donde paran las combis escolares que lo más heavy no fue la imagen en sí, sino la sensación de no tener ningún control sobre adónde había llegado. "Mi hija sabe que es falso, se lo decimos todo el tiempo, pero igual se levanta y lo primero que piensa es si alguien nuevo la vio, si alguien la reconoció en el colectivo, si en el kiosco alguien la está mirando raro. Eso no te lo saca ninguna pericia informática", dice, y se le quiebra un poco la voz cuando agrega que la nena todavía duerme con la luz del pasillo encendida, cosa que antes no hacía.
“Aunque sé que es falso, me dio vergüenza. Creemos que pudo haber llegado a cualquier parte del mundo.”Adolescente víctima, alumna del colegio de Lomas de Zamora
La escena que más me quedó de las horas que pasé recorriendo la cuadra del colegio es la de las chicas paradas en la vereda con carteles hechos a mano, muchas con el cuello de la campera levantado para taparse un poco la cara, mientras los padres se juntaban en la esquina a hablar en voz baja como si el volumen de la conversación pudiera cambiar lo que ya pasó. Ese fue el ruido de fondo de los últimos días en la zona: un murmullo adulto mezclado con la bronca fresca de las pibas, el sonido de una comunidad educativa que se está enterando, en carne propia, de que la inteligencia artificial dejó de ser un tema de películas y se metió en la lista de whatsApp del curso.
Por qué el caso reabre el debate sobre el daño psicológico
Especialistas en grooming y en violencia digital coinciden en que este tipo de episodios producen un impacto subjetivo comparable al del abuso sexual con imágenes reales, sobre todo en adolescentes, porque lo que se ve alterado es la percepción del propio cuerpo y la confianza en el entorno. La novedad, remarcan, es que la víctima sabe que el contenido es producto de un software, pero eso no la protege de la humillación pública ni de la duda constante sobre el alcance de la circulación. El caso de Lomas de Zamora se convirtió, por estas horas, en una referencia incómoda para otros establecimientos del conurbano donde situaciones similares estaban naturalizadas o directamente invisibilizadas.
Para padres, docentes y equipos de orientación, el expediente deja preguntas concretas: qué hacer si un adolescente descubre que fue víctima de este tipo de manipulación, cómo resguardar la prueba digital, cuándo y cómo hacer la denuncia, qué responsabilidad le cabe al colegio si tomó conocimiento tardío del hecho y, sobre todo, cómo conversar con los chicos sobre el cuidado de las fotos que suben a redes sin que el mensaje se transforme en una prohibición vacía. La causa seguirá su curso en los tribunales de Lomas de Zamora, pero en la vereda del colegio, entre cartulinas y mates compartidos, lo que se está tramitando es otra cosa: la posibilidad de que estas chicas vuelvan a mirarse al espejo sin sentir que alguien, en algún lugar, las está viendo.
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