Hayato Date, el director que le dijo que no al mundo para que Naruto siguiera siendo Naruto
El responsable del anime más popular de los últimos tiempos reveló que desde el inicio lo presionaron para que la serie fuese rentable afuera y decidió ignorar las quejas que llegaban desde Estados Unidos.
Me imagino la sala de edición en algún estudio de Tokio, a fines de los noventa, con el ruido del ventilador de fondo y los lápices de colores desperdigados sobre la mesa, y a Hayato Date, el director del anime de Naruto, mirando un fax larguísimo que llegó desde Estados Unidos. Lo imagino levantando el papel, leyéndolo con gesto cansado y dejándolo caer sobre el escritorio sin responder. Algo así, o quizá mucho menos poético, debió haber pasado cuando empezaron a lloverle sugerencias desde afuera sobre cómo tenía que ser una serie pensada, ante todo, para los chicos y las chicas que crecían leyendo el manga de Masashi Kishimoto en las páginas de la revista Weekly Shonen Jump.
La anécdota vuelve a circular ahora porque el propio Date la contó en una charla en Anime India, y porque la película de acción real que se viene a partir del guión en desarrollo bajo la dirección de Destin Daniel Cretton vuelve a poner sobre la mesa una discusión que en su momento se resolvió de una manera muy concreta: en favor del material original.
La presión estaba desde el primer día
Date lo reconoció sin demasiado margen para la ambigüedad. Para ser sinceros, cuando hicimos Naruto, incluso entonces, ya había una gran presión para hacer que la serie vendiese bien fuera de Japón, dijo ante el público indio. La confesión no sorprende demasiado si se piensa en el fenómeno que ya era el manga en ese momento, pero sirve para entender la atmósfera en la que se movía el equipo creativo.
Y acá viene lo que, a mi entender, define la identidad de toda la producción. Frente a esa presión, Date tomó una decisión que muchos ejecutivos de la industria considerarían una locura: Simplemente no se puede crear algo si te estás preocupando constantemente sobre gustar a la audiencia extranjera. La frase es de manual, pero aplicada a una serie con la proyección de Naruto cobra otro peso.
La regla que se impuso el equipo
- Antes de tomar cualquier decisión creativa, el equipo se hacía una sola pregunta: qué se necesitaba para que la serie funcionara en Japón.
- Todo lo demás, incluyendo los reclamos del mercado externo, quedaba en segundo plano.
- La serie debía sentirse como una adaptación fiel del manga de Kishimoto, sin retoques para audiencias ajenas a su cultura de origen.
- Las quejas específicas, como las que llegaron por el uso de kunai y otras armas de filo, se recibieron y se descartaron de plano.
“Si quitas los kunai, ya no es Naruto”Hayato Date, director del anime de Naruto
La frase la pronunció con esa mezcla de terquedad y sentido común que tienen los artesanos cuando defienden su material. Y lo cierto es que el tiempo le terminó dando la razón, porque estamos hablando de una serie que convive en el imaginario popular junto a Dragon Ball y One Piece como uno de los animes de mayor alcance global de las últimas décadas, y que lo logró sin necesidad de amoldarse a los manuales de sensibilidad que llegaban por correo desde California.
El debate que vuelve con la película
Ahora que Hollywood se prepara para llevar a Naruto a la pantalla grande con actores de carne y hueso, la pregunta se reedita con otros protagonistas. Date construyó al personaje desde la autenticidad de la fuente; el equipo de la producción estadounidense tendrá que decidir si sigue ese camino o toma otro, y la respuesta que den va a marcar el tono de toda una generación de fans que se crió viendo kunai volar por la pantalla.
Si me preguntan a mí, lo que más rescato de esta historia no es la valentía comercial, que también, sino algo más de oficio: la idea de que una obra pensada con honestidad para su propio pueblo puede terminar conquistando el mundo entero sin pedir permiso. Date no fue un héroe ni un visionario; fue un director que entendió que la mejor manera de enamorar a un público lejano era no traicionar al público propio. En tiempos deaciones cada vez más domesticadas, esa filosofía me parece, sinceramente, un pequeño acto de militancia.
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