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SÁB, 17 OCT 2026
Entretenimiento

El locutor que se mudó al balneario y nunca cortó del todo el cable con la audiencia

A los 74 años, en su casa de Punta del Este, murió Oscar “el Negro” González Oro, el hombre que durante 15 años se sentó frente al micrófono de “El oro y el moro” y se convirtió en parte de la rutina de miles de argentinos. La noticia sacudió al mundo de la radio, que todavía hoy le debe buena parte de su mornings.

CM
Carla MontenegroCultura y espectáculos · · lectura 4 min
El locutor que se mudó al balneario y nunca cortó del todo el cable con la audiencia

La imagen todavía es nítida para quien haya prendido la AM en los años ochenta o noventa: el sonido grave de la AM entrando por la ventana, la mesita de luz como altar y la voz del Negro González Oro acomodando el día con el aplomo de un vecino que sabe lo que uno necesita escuchar antes de tomarse el primer mate. Ese timbre se apagó este viernes 25 de septiembre, cuando la noticia de su muerte a los 74 años en su casa de Punta del Este empezó a correr de radio en radio y de WhatsApp en WhatsApp. Yo lo imagino ahí, en esa casa que eligió para bajarle un cambio a la vida, mirando el mar que siempre dice presente, y la verdad es que todavía no me termina de caer.

Una despedida que ya había empezado hace cuatro años

Lo cierto es que González Oro ya había empezado a despedirse en 2021, cuando el 2 de abril decidió cerrar su etapa al frente de la conducción diaria tras 35 años de oficio. Lo hizo desde Uruguay, en su casa de Punta del Este, después de haber completado los trámites de residencia y de haber dejado atrás la casa de San Isidro que fue su durante décadas. Lo recuerdo en esa última emisión como alguien que se sentaba a charlar con cada oyente, sin apuro, como si la radio fuera una mesa de bar. Por eso cuando dijo aquello de “me han hecho muy feliz”, a varios nos quedó sonando una semana entera. En ese momento el Negro fue claro: lo movía, sobre todo, el deseo de pasar más tiempo con sus hijos, después de una pandemia que se había llevado a varios amigos y que, según sus propias palabras, lo dejaba “desgastado” de tanto escuchar problemas ajenos. Era, también, el lógico cansancio de quien durante quince años había hecho del turno matinal de Radio 10 con El oro y el moro una verdadera trinchera: el programa líder de la AM durante una década, la compañía de miles de oficinistas, amas de casa, taxistas y madrugadores que sintonizaban la frecuencia para que él les ordenara la jornada.

Ese ciclo fue la columna vertebral de su carrera, el sello que lo instaló en el imaginario colectivo. Quince años de aire, de editoriales, de entrevistas a medio camino entre la política y el espectáculo, de ese tono paternal que a veces irritaba y otras veces resolvía la mañana. El programa fue una escuela para varias generaciones de oyentes y para muchos colegas que aprendieron a mirar el reloj viendo cómo él administraba la paciencia y el humor.

La vida después del micrófono

Pero la decisión de irse a Punta del Este no fue un retiro absoluto. González Oro siguió activo, aunque a otro ritmo: desde su casa mantuvo entrevistas, tuvo apariciones esporádicas en radio y televisión y nunca abandonó del todo sus redes sociales, donde compartía recuerdos de programas viejos y reflexiones sobre su nueva etapa. Era el Negro clásico: cuando parecía que se corría del escenario, aparecía con un video, un audio o un mensaje largo de madrugada para recordarles a todos que seguía ahí, detrás del cable.

“Lo había visto frágil, pero conservaba su cultura y siempre tenía una anécdota para contar.”Denise Pessana

Una de las personas que más lo vio en esa última etapa es la periodista Denise Pessana, que recordó una cena compartida con él poco más de un mes antes de su fallecimiento y contó que el Negro González Oro integraba en Uruguay un grupo estable de amigos con el que se juntaba seguido. El detalle que Pessana dejó flotando es el que más me interpela: lo había notado frágil. Esa palabra, en boca de alguien que lo vio cara a cara, suena como un alerta que en su momento no se terminó de dimensionar y que hoy, después de la noticia, golpea distinto.

Una huella que se mide en oyentes, no en títulos

A la distancia, lo más honesto que se puede decir de González Oro es que su legado no se mide en premios ni en grandes títulos: se mide en la cantidad de gente que prendía la radio antes de que empezara el día y que, de un modo u otro, sentía que él estaba pendiente de cómo le iba a ir. Fue un profesional que construyó audiencia sin aspavientos, que se bancó quince años de mornings con el oído siempre atento y que cuando sintió que el cuerpo y la cabeza le pedían un cambio, no dudó en desarmar la rutina. Después de todo, irse a Punta del Este a los 70 y pico, empezar una vida nueva al otro lado del río y mantener el contacto con el público a través de una pantalla no es cualquier cosa. Y mucho menos para alguien que, como yo, todavía lo recuerda del otro lado del dial. Chau, Negro.

CM
Carla MontenegroCultura y espectáculos

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