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VIE, 16 OCT 2026
Entretenimiento

Dos montajes, una misma herida: revisitamos La venganza de Ulzana con Burt Lancaster y Robert Aldrich

Estrenada en 1972 y rescatada hoy por Arturo Pérez-Reverte, la película llegó con cortes distintos a Estados Unidos y a Europa: una misma historia contada con heridas diferentes, y un personaje indígena desaparecido del montaje europeo.

CM
Carla MontenegroCultura y espectáculos · · lectura 4 min
Dos montajes, una misma herida: revisitamos La venganza de Ulzana con Burt Lancaster y Robert Aldrich

Me imagino la sala a oscuras, el humo del cigarrillo dibujando algo en el aire mientras el proyector empieza a zumbar y en la pantalla un jinete se recorta contra un cielo color herrumbre. Así, con esa sensación de western crepuscular, se proyecta hoy en la memoria La venganza de Ulzana, una película de 1972 que el tiempo fue dejando arrumbada y que, casi sin hacer ruido, volvió a instalar en la conversación el escritor y periodista Arturo Pérez-Reverte al recomendarla como uno de los títulos del oeste que merece la pena recuperar. Para los que ya peinamos canas y crecimos viendo películas en VHS, la noticia es una excusa perfecta para revisitar un filme que siempre quedó a la sombra de los grandes clásicos del género, y para entender por qué fue, también, una rareza.

La dirección lleva la firma de Robert Aldrich, un artesano implacable que ya había dado pruebas de su pulso para el género con títulos como ¿Qué fue de Baby Jane? y Doce del patíbulo, y que aquí se mueve como pez en el agua en ese Oeste áspero y desencantado que tanto le gustaba. Delante de cámara aparece Burt Lancaster, enorme, ya con el rostro tallado por los años, componiendo a un soldado de caballería retirado y medio borracho que tiene que volver a montar para perseguir a un apache fugado de la reserva. Lo acompañan Richard Jaeckel como el joven e impetuoso oficial De Bonin, y Joaquín Martínez como Ulzana, el jefe apache que escapa del cautiverio y desata una cacería sangrienta por el desierto. Hay una actriz, además, que en la versión que llegó a Europa directamente no está: Aimee Eccles interpretaba a la amante indígena del personaje de Lancaster, pero su papel fue eliminado por completo del montaje que supervisó el propio actor para el mercado europeo. Ese detalle, que parece menor, no lo es: cambia el peso emocional de Lancaster, le saca un vínculo humano y convierte su obsesión por la persecución en algo más árido, más seco, casi más honesto.

Dos montajes para una misma película

El dato que volvió a poner la película en boca de todos es ese: hubo dos versiones. La destinada a Estados Unidos fue supervisada por Aldrich; la que se vio en Europa fue intervenida directamente por Lancaster. Aunque las dos duraciones son parecidas, no comparten el mismo material, y la desaparición del personaje de Aimee Eccles en la copia europea es la diferencia más concreta y significativa. Quien haya visto solo una de las dos versiones, en realidad no vio la película entera. Y eso, para una película del oeste de hace más de medio siglo, es una rareza que da para conversar un buen rato.

  • Director: Robert Aldrich, responsable del montaje estadounidense.
  • Protagonista: Burt Lancaster, que supervisó el montaje europeo.
  • Guionista: Alan Sharp, que reconoció como influencia central a Centauros del desierto, de John Ford.
  • Elenco de destaque: Richard Jaeckel como De Bonin y Joaquín Martínez como Ulzana.
  • Dato clave: el personaje de Aimee Eccles, la amante indígena del protagonista, fue eliminado del montaje europeo.

Una persecución que es casi una herida

La historia arranca con Ulzana escapando de una reserva donde lo habían sometido a maltratos, y desde ahí la película se vuelve una larga, polvorienta y rabiosa persecución: el apache y un puñado de guerreros suyos van dejando un tendal de muertos, la caballería sale a cazarlos y entra en escena McIntosh, el personaje de Lancaster, un explorador que conoce el terreno y las costumbres apaches y que es, en el fondo, el único que entiende contra quién se está midiendo. El guion de Sharp no esconde su deuda con Centauros del desierto, la obra maestra de John Ford: la idea era explícitamente rendirle homenaje a Ford y a esa mirada sobre el Oeste que él instaló para siempre en el imaginario del cine. La diferencia es que Aldrich le da una vuelta de tuerca más cínica, más descreída, menos épica, y el resultado es una película que incomoda y que, justamente por eso, no se olvida.

En su boletería la película no funcionó como la productora hubiera querido: la recepción crítica fue muy buena y el propio Aldrich se sentía orgulloso del resultado, pero el público no la acompañó masivamente. Medio siglo después, Pérez-Reverte la define como “una obra maestra de Robert Aldrich, una película extraordinaria y muy poco conocida”, y rescata sobre todo la violencia del arranque, esa escena cruda en la que un soldado mata a una mujer, que funciona casi como una declaración de principios: aquí no vamos a edulcorar nada, el Oeste fue esto.

Les confieso algo: a mí, que crecí entre películas de cowboys y sillones de pana, esta me sigue pareciendo una de las cumbres invisibles del western de los años setenta, de esa camada de títulos que llegaron después del Ford maduro y del Leone más melancólico, cuando el género empezaba a preguntarse cosas en voz alta. Volver a ponerla en circulación, recordar que tuvo dos montajes y que uno de ellos le borró un personaje entero a una actriz, es también una forma de discutir qué historias contamos cuando contamos historias del Oeste, y a quiénes dejamos adentro o afuera del plano. Si se animan, búsquenla, véanla dos veces si pueden, y después me cuentan qué western sumarían a esta conversación que, parece, todavía no está cerrada.

CM
Carla MontenegroCultura y espectáculos

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