Digger: Iñárritu vuelve a las tablas con Tom Cruise y una pregunta que incomoda
El mexicano retoma el universo de "Birdman" con una película sobre el teatro, el dinero y las zonas grises de la creación. Una apuesta radical que llega en el peor momento para la temporada de premios.
Lo primero que vi cuando se apagaron las luces fue el telón rojo, todavía un poco arrugado por el último ensayo, y me dije: acá hay un director que no se bajó del escenario. Después de más de una década, Alejandro González Iñárritu vuelve a meter la cámara entre bambalinas, y lo hace con la misma urgencia con la que en 2014 había convertido a Michael Keaton en un actor en crisis en "Birdman". Ahora la estrella es Tom Cruise, el proyecto se llama "Digger" y la pregunta que la película deja flotando en el aire es tan vieja como el oficio y, al mismo tiempo, tan actual que da vértigo: ¿se puede hacer arte que denuncie al dinero sin convertirse, en el camino, en parte de ese dinero?
Una historia que incomoda a propios y extraños
La excusa argumental es directa y a la vez retorcida: Cruise interpreta a un hombre de teatro que acepta el respaldo de un magnate para producir su propia obra, con el objetivo de rescatar a su hija de una situación que, vaya paradoja, ese mismo mundo de privilegio contribuyó a generar. Es decir, el personaje necesita el dinero de quien lo critica para arreglar lo que ese dinero rompió. Esa contradicción no es un adorno del guion: es el corazón de la película, late en cada escena y se le nota en el pulso.
A diferencia de "Birdman", donde el famoso falso plano secuencia generaba una sensación de adrenalina y vértigo, "Digger" elige un registro más sobrio. Hereda casi todos los demás recursos de aquella —los pasillos, los diálogos a cara de perro, el teatro visto como campo de batalla—, pero les baja el tono celebratorio. Donde la anterior podía leerse, con sus luces justas, como un homenaje al artista que se reinventa, esta nueva entrega deja menos margen para el optimismo: las cuentas no cierran nunca a favor del arte.
Premios, público y una apuesta que asusta
En el circuito de premios, las películas que recaudan fuerte en taquilla suelen tener una ventaja estructural. "Digger" transita justo por el lado opuesto: una película ambiciosa, formalmente exigente, que no esconde sus contradicciones ni las maquilla. La variable que podría torcer el cálculo es una sola: que la actuación de Cruise tenga la consistencia suficiente como para sostener la campaña entera sobre sus hombros. Si lo logra, la conversación cambia; si no, el año se recordará por la pregunta y no por la respuesta.
Voy a ser franca: salí de la proyección con una sensación agridulce que no esperaba. No es una película que te invite a aplaudir de pie y gritar ¡genio! mientras te abrazás con el de al lado. Es más bien una de esas obras que te lleva a casa en silencio, te hace revolver el café y te deja pensando en cuántas decisiones de tu propio laburo dependen de alguien a quien, en teoría, no le dabas la derecha. Esa incomodidad me parece, en los tiempos que corren, un acto casi de coraje. Iñárritu no eligió contar un cuento bonito sobre el arte: eligió mostrar el precio verdadero, con todo lo que eso tiene de incómodo y de necesario. Por eso, aunque me cueste recomendar una película que termina de mal humor, les digo que la vean, aunque sea para discutirla después tomando una copa. El cine que molesta suele ser el que más tarda en irse de la cabeza.
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