Cuando la crianza propia reaparece en la crianza de los hijos: claves para identificarlo y modificarlo
El psicólogo especialista en trauma Maxi McCoubrey describe qué huellas de la infancia tienden a repetirse en la adultez, por qué la reacción opuesta tampoco alcanza y qué señales ayudan a advertir cuándo la historia personal se cuela en la relación con los hijos.
Nadie empieza a criar desde cero. Las experiencias de la infancia dejan marcas que reaparecen al formar una familia, en ocasiones como repetición del modelo conocido y en otras como intento deliberado de hacer lo contrario. Para el psicólogo clínico y especialista en trauma Maxi McCoubrey, esa reaparición no es en sí misma un problema, sino una materia de trabajo que requiere distinguir entre lo que se transmite con intención y lo que se reproduce de manera automática.
Somos hijos de nuestra historia, de nuestro linaje, de nuestro lenguaje, de la época y del contexto cultural en el que nacimos, sostuvo el especialista. Esa historia se hace presente en el modo de hablar, de poner límites, de reaccionar ante un conflicto y también en las ideas que circulan en el hogar sobre el éxito, el dinero y el afecto. La novedad no es su existencia, sino la posibilidad de advertirla y revisarla.
Qué huellas son las más difíciles de dejar atrás
Según McCoubrey, las marcas más resistentes al cambio no siempre son las más visibles. Muchas se encuentran tan incorporadas al funcionamiento cotidiano que no llegan a cuestionarse durante años. El especialista mencionó cuatro modalidades frecuentes: pérdidas silenciadas, violencias naturalizadas, vergüenzas heredadas y mandatos que se transmiten de una generación a otra.
El denominador común de esas marcas, agregó, suele ser la rigidez, es decir, la dificultad para tolerar que un hijo sienta, piense o necesite algo distinto de lo esperado por los padres. Esa rigidez, añadió, puede manifestarse tanto en familias atravesadas por hechos traumáticos como en hogares donde la convivencia fue estable pero dejó zonas sin nombrar.
La reacción opuesta tampoco garantiza un cambio
El deseo de hacer todo lo contrario a lo que se vivió de niño puede parecer una solución, pero el especialista advirtió que criar solo en oposición a la propia infancia vuelve la crianza reactiva. En lugar de responder a las necesidades concretas del hijo, se responde a una pelea pendiente con los propios padres, y quien creció con una crianza rígida puede terminar creyendo que toda frustración resulta traumática.
“Lo que hace falta interrumpir es aquello que maltrata, humilla, abusa, niega la individualidad o hace sufrir de manera sostenida.”Maxi McCoubrey, psicólogo especialista en trauma
Para el psicólogo, la clave no se encuentra en un punto medio calculado, sino en la capacidad de mirar al hijo concreto que se tiene enfrente. Un límite puede ser profundamente amoroso si protege, ordena y no humilla, y una libertad puede resultar abandonante si deja al niño solo frente a algo que todavía no puede resolver, señaló.
Señales para detectar que la historia personal se cuela en la crianza
- Reacciones desmedidas ante situaciones cotidianas: una bronca que desborda, una preocupación extrema o la necesidad de tener todo bajo control.
- Dificultad para tolerar emociones del hijo que no coinciden con las propias expectativas.
- Tendencia a repetir frases, gestos o tonos que se padecieron durante la infancia.
- Sensación de estar criando en función de lo que se juró no repetir, más que de las necesidades del niño en el presente.
Modificar esos patrones no implica no volver a equivocarse, aclaró McCoubrey. A veces el primer cambio no es no gritar nunca, sino poder detenerse antes, pedir una pausa, volver y decir: lo que hice no estuvo bien, voy a tratar de hacerlo distinto. Esa posibilidad de reparar, añadió, forma parte de lo que distingue a una crianza consciente de una repetición automática de lo recibido.
En términos generacionales, la observación de estas marcas se vincula con el modo en que distintas camadas incorporaron las pautas de cuidado emocional, un campo que la psicología clínica comenzó a estudiar de manera sistemática en las últimas décadas y que aún presenta zonas sin consenso en la literatura especializada. En el ámbito local, la formación en trauma y apego se ofrece mayormente en posgrados y asociaciones profesionales, sin una inserción curricular uniforme en las carreras de grado.
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