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VIE, 16 OCT 2026
Turismo

Cheesecake con costra caramelizada: cuando el clásico de la crema y la galleta se cruza con el soplete de la crème brûlée

Una preparación que lleva queso crema, baño maría y un reposo nocturno en heladera, y que se corona con una capa de azúcar quemada al soplete. Con frutas rojas o helado de vainilla como compañía, el resultado es un postre cremoso por dentro y crujiente por arriba.

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Marina OlivaTurismo y sierras · · lectura 2 min
Cheesecake con costra caramelizada: cuando el clásico de la crema y la galleta se cruza con el soplete de la crème brûlée

Te imaginás en tu cocina, con el horno ya tibio y el molde desmontable de 20 centímetros esperando sobre la mesada. La propuesta de hoy cruza dos clásicos que suelen ir por caminos separados: el cheesecake, con su base de galleta y su relleno bien cremoso, y la crème brûlée, esa crema francesa que se identifica por la capita de azúcar quemada al soplete. El resultado es un pastel que mantiene la textura sedosa del queso y suma arriba una costra crujiente que se rompe con la cuchara.

La base, el relleno y el baño maría

El arranque es bien conocido: galleta triturada mezclada con mantequilla derretida y una pizca de sal, para prensar sobre el fondo y las paredes del molde. Mientras la base descansa, se prepara el relleno batiendo queso crema a temperatura ambiente con azúcar, huevos, yemas, crema de leche, vainilla y un toque de harina. Esa mezcla se vuelca sobre la base y va al horno a 160 grados centígrados, dentro de una asadera con agua hirviente hasta la mitad de la altura del molde, cubierto con papel de aluminio. La cocción lleva una hora y cuarto.

Después del tiempo de horno llega un paso que muchos saltean y que marca diferencias: apagar el horno y dejar el pastel adentro con la puerta entreabierta, para que el enfriamiento sea lento. Recién cuando tomó temperatura ambiente pasa a la heladera, donde tiene que quedar toda una noche. Esa paciencia es la que termina de afirmar la textura cremosa.

El momento del soplete

Cuando lo sacás a la mesa, se espolvorea azúcar impalpable sobre la superficie y se quema con soplete de cocina hasta formar la capa caramelizada. El horno no sirve para este paso, porque no concentra el calor que necesita la costra. Así que el soplete no es un accesorio decorativo: es parte de la receta.

  • Frambuesas frescas para cortar el dulzor con acidez.
  • Arándanos, que suman color y un punto más suave.
  • Una bocha de helado de vainilla, para jugar con el contraste de temperatura.

Cualquiera de las tres opciones cumple el mismo rol: equilibrar la cubierta caramelizada con algo fresco o ácido. Las frambuesas son la compañía más habitual, pero los arándanos funcionan muy bien si buscás un sabor menos intenso, y el helado de vainilla es el clásico que nunca falla.

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Marina OlivaTurismo y sierras

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