Celine Dion abrió en París la primera de 16 noches y la sala se le subió a los ojos antes del primer compás
La cantante canadiense rompió un silencio de six años en el Plenitude Arena, a las afueras de la capital francesa, al cantar “On ne change pas”. Volvió a los escenarios tras convivir con el síndrome de la persona rígida, que la obligó a cancelar giras y mantenerse lejos del público desde 2019.
A veces el regreso más esperado de una carrera entera empieza con un escenario a oscuras, una fanfarria suave y una garganta que se cierra antes de tiempo. Así arrancó la noche del jueves en el Plenitude Arena, ese anfiteatro nuevo que queda en las afueras de París, cuando Celine Dion tomó el micrófono para cantar “On ne change pas” y apenas pudo terminar la introducción. La emoción le ganó, los ojos se le llenaron de lágrimas y tuvo que hacer una pausa. Después, con la voz todavía húmeda, reconoció frente al público: “Me había prometido no llorar. No cumplo mis promesas”. Y enseguida, como si se reprendiera con cariño a sí misma, agregó: “Pero estoy muy feliz de verlos a todos. Los extrañaba. Voy a cantar para ustedes sin llorar”.
Lo que pasó después fue un concierto pensado para celebrar, pero también para explicar. La artista canadiense venía de six años sin subir a un escenario en vivo, después de que en 2022 confesara al mundo entero que le habían diagnosticado el síndrome de la persona rígida, una enfermedad neurológica y autoinmune poco frecuente que compromete el control muscular y puede provocar espasmos severos. Ese diagnóstico la obligó a cancelar una gira completa y a mantener un perfil bajo durante años, mientras atravesaba un tratamiento que ella misma describió como un aprendizaje diario.
Aprender a convivir con el cuerpo que cambia
Sobre el escenario, y sin entrar en detalles médicos, Dion habló de ese proceso con una honestidad poco habitual en una estrella de su tamaño. “Al convivir con ello día tras día, he llegado a aceptarlo. Y he decidido convertirlo en mi razón de vivir”, dijo, mirando al público como quien mira a un viejo amigo al que se le cuentan las cosas importantes. También agradeció el acompañamiento que recibió en ese período y recuperó una frase que se había repetido en silencio durante meses: “Prometí volver, regresar a los escenarios. Así que aquí estoy: cantando para ustedes y para mí, ¡cantando en vivo!”. Esa última palabra, “en vivo”, la dijo casi como un grito de victoria.
“Acabo de cumplir un sueño.”Celine Dion, al cerrar la primera función de su residencia en París
El formato elegido para este regreso es una residencia: la primera de su carrera. En esta etapa inicial, el Plenitude Arena le reservó 16 fechas entre septiembre y octubre de 2026, a las que se suman otras diez funciones ya confirmadas para mayo de 2027. La idea, según se desprende del propio guion del show, es transformar el reencuentro con el público en un proceso largo, con noches para acomodarse, para probar el cuerpo, para medir la voz y, sobre todo, para dejarse atravesar otra vez por la energía de una sala llena.
- Diagnóstico de síndrome de la persona rígida en 2022.
- Primera función de una residencia de 16 fechas en el Plenitude Arena, a las afueras de París.
- Reprogramación de 10 funciones adicionales ya confirmadas para mayo de 2027.
- Mensaje al cierre de la noche: “Acabo de cumplir un sueño”.
Yo seguí el regreso desde la distancia, como la mayoría de los que escribimos sobre música popular, y confieso que algo se me apretó en el pecho cuando leí la transcripción de ese primer “me había prometido no llorar”. Celine Dion arrastra una historia enorme: la de la niña de Charlemagne, en Quebec, que cantaba en bodas y que terminó convertida en una de las voces más escuchadas del planeta gracias a “My Heart Will Go On”, la banda de sonido de Titanic y decenas de giras monumentales. Verla volver a un escenario, frágil y entera al mismo tiempo, hablando de aceptar lo que le toca en lugar de pelear contra ello, me pareció una de esas noticias que sirven para algo más que para llenar una agenda: sirven para recordarnos que los regresos, cuando son de verdad, no se miden solo en aplausos. Se miden en la cantidad de gente que se anima a llorar en público, aunque se haya prometido no hacerlo.
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