Aquella función de mediodía en Texas que juntó a seis personas, devolvió veinte dólares y terminó siendo una rareza de Hollywood
La película de John Penney con Leo Grillo, Katherine Heigl y Tom Sizemore se exhibió una semana en una sala alquilada de Dallas. La recaudación fue tan chica que la anécdota terminó pesando más que el estreno.
Hay una imagen que me cuesta sacarme de la cabeza y que resume, mejor que cualquier planilla, el destino cinematográfico de Zyzzyx Road: la de una sala de cine alquilada al mediodía en un pueblo de Texas, con dos amiguitas como únicas espectadoras de una función que había costado mil dólares organizar y que terminó devolviendo, billete mediante, exactamente veinte dólares de ganancia. Lo que pasó en aquel Highland Park Village Theater de Dallas, entre el 25 de febrero y el 2 de marzo de 2006, es una de esas historias que el cine cuenta sobre sí mismo cada vez que necesita recordarle a alguien que la lógica del negocio y la lógica del arte pueden vivir en planetas distintos.
Para entender el disparate hay que retorcerlo hasta el principio. La película la escribió, produjo y dirigió John Penney, un guionista con experiencia previa junto a Brian Yuzna y Joey Travolta, que por primera vez se sentó en la silla de director con material propio. La historia es bien clásica del género: una pareja termina con la vida del ex de ella, entierra el cuerpo en una carretera desértica que da nombre al filme, y cuando vuelve a buscarlo descubre que ya no está. El crimen, el secreto, el cadáver que se esfuma y el peso de la culpa caminando por Las Vegas: materia conocida, oficio prolijo, apuesta acotada.
Un elenco con futuro, un rodaje en el desierto
- El presupuesto fue de 1,2 millones de dólares.
- El rodaje se extendió durante 20 días en el verano de 2005, en el desierto de Mojave.
- El elenco principal reúne a Leo Grillo, Katherine Heigl y Tom Sizemore.
- Heigl llegó al proyecto después de que Thora Birch rechazara el papel, cuando ya había filmado el piloto de Anatomía de Grey.
- Sizemore arrastraba una trayectoria con títulos como Rescatando al soldado Ryan y Heat.
Lo curioso es que la película, más allá del dato colorido, se sostiene y hasta tiene una textura interesante. Penney filma el calor, las rutas vacías y la tensión de los cuerpos jóvenes con paciencia, y el triángulo entre Grillo, Heigl y Sizemore tiene la densidad necesaria como para que uno se quede mirando incluso cuando el guion pide demasiado. No es, ni de cerca, una joya oculta: es un thriller chico, honesto, hecho con lo que había. Y, sin embargo, la historia que terminó importando fue otra.
La estrategia de un estreno que parecía sabotaje
Porque la verdadera rareza no está en la pantalla sino en la planilla. Leo Grillo, que también producía, necesitaba generar ingresos en el mercado internacional para financiar proyectos personales vinculados con el mundo animal, y montó un estreno estadounidense casi a modo de sello administrativo: alquilar la sala por mil dólares, ofrecer una sola función diaria al mediodía con entradas a cinco dólares y cumplir con los requisitos legales de exhibición en territorio norteamericano. La idea nunca fue pelear por el público local, sino conseguir la documentación necesaria para salir a vender la película afuera.
El resultado fue de antología: seis personas compraron entradas a lo largo de toda la semana. La maquilladora Sheila Moore y una amiga estaban entre esas butacas. Grillo, en un gesto que mezcla caballerosidad y resignación, les devolvió los cinco dólares de cada ticket, y la recaudación final, ya con esa gentileza descontada, quedó en veinte dólares. Una cifra que circuló por el mundo como ejemplo extremo de fracaso de boletería, aunque en rigor el negocio estaba pensado en otra escala.
Esa otra escala aparece cuando se mira hacia afuera. Los derechos internacionales para DVD, según los registros que trascendieron, sumaron alrededor de 368.000 dólares repartidos en 23 países. O sea: la misma película que en Dallas juntó a media docena de curiosos terminó encontrando audiencia en circuitos de video hogareño de cuatro continentes, con la paradoja adicional de que Heigl, mientras tanto, empezaba a transformarse en una de las caras más populares de la televisión gracias a Anatomía de Grey. La distancia entre los veinte dólares texanos y los 368.000 del mercado internacional describe, casi sin querer, el mapa del cine independiente de bajo presupuesto en los años dos mil.
A mí, que vengo siguiendo estas historias de culto lateral hace años, Zyzzyx Road me interesa más por lo que cuenta del oficio que por lo que cuenta la ficción. Hay algo humano en la obstinación de Grillo por transformar una rareza comercial en una herramienta de financiamiento, y hay algo genuinamente conmovedor en esa función solitaria de mediodía, con dos mujeres que pagaron su entrada y se la terminaron llevando de vuelta en el bolsillo. El cine está lleno de fracasos ruidosos y de éxitos mentirosos; esta vez le tocó a una película modesta protagonizar un papelón estadístico que, veinte años después, sigue siendo la mejor manera de explicar por qué nunca hay que confundir una boletería con una carrera. Y, si me preguntan a qué le presto más atención cuando elijo qué ver, confieso que estas historias de producción me atrapan tanto como cualquier guion: a veces, el making of termina siendo la mejor escena de la película.
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