Aprender a decir que no: la historia empieza antes de lo que uno cree
Ansiedad, resentimiento y hasta insomnio: cuando cuesta poner límites —o, en el otro extremo, cuando no se tolera que el otro los ponga— el cuerpo y los vínculos terminan pagando la cuenta. La buena noticia es que no es un defecto de carácter: se construye desde la primera infancia y se puede revisar en cualquier momento de la vida.
Imaginate la escena de fondo, casi sin querer, mientras leés esta nota: una mesa familiar, un asado de domingo en cualquier barrio de Buenos Aires, alguien que sirve el plato y otra persona que dice "sí, claro, pasámelo", aunque no le sobra ni un minuto ni un poco de paciencia. Esa incomodidad chiquita, la del que no se anima a negarse, muchas veces empieza mucho antes de ese domingo: arranca en una cuna, en una primera infancia donde alguien miró para otro lado justo cuando hacía falta marcar un "no". De eso se trata, en el fondo, el reportaje que te cuento hoy: de por qué nos cuesta tanto poner límites y qué pasa cuando no lo hacemos —o cuando directamente no soportamos que el otro nos los ponga a nosotros.
Vengo siguiendo este tema desde hace años en esta sección, y lo que me sigue sorprendiendo es lo poco que se habla de algo tan cotidiano. Antes de meternos en los dos patrones clásicos, vale la pena detenerse un instante en el origen. El límite no aparece un día cualquiera de la adultez: empieza a formarse en los primeros meses de vida. Un bebé necesita que otro lo contenga y le marque el mundo, porque sin ese afuera no hay psiquismo posible. El pecho que no siempre está, la palabra "no" puesta a tiempo, la espera antes de la satisfacción: todo eso, vivido en su momento como frustración, es lo que después va a permitir distinguir entre lo que uno quiere y lo que puede, entre uno mismo y el otro.
Cuando el "no" propio se queda guardado en un placard
El primer patrón, y probablemente el más frecuente en la consulta cotidiana, es el de quien aprendió muy temprano que el propio deseo molesta o que decir que no pone en riesgo el vínculo. De grande, esta persona acepta lo que no quiere, tolera lo que le hace daño y se hace cargo de cosas que no le corresponden. Los costos no son abstractos ni metafóricos: se traducen en cuadros de ansiedad, en un resentimiento que se va acumulando como agua detrás de una represa y en un cansancio que ningún descanso del domingo a la noche resuelve, porque no es físico sino psíquico. Con el paso del tiempo, lo cuenta la especialista que escuché hace ya varias temporadas en esta misma cobertura, el cuerpo empieza a poner los límites que la persona no se animó a poner con palabras: aparecen dolores sin causa orgánica clara, el sueño se corta o se vuelve imposible, síntomas que estallan justo donde la palabra nunca llegó.
El otro extremo, menos visible pero igual de dañino, es el de quien no tolera el límite ajeno. Para esa persona, cualquier "no" se vive como una ofensa personal o un desafío. Desde afuera puede parecer fortaleza, seguridad en sí mismo, pero por dentro responde a una imagen frágil que necesita confirmarse venciendo la resistencia del otro. Y acá viene lo importante: las relaciones, las de cualquier tipo —de pareja, de trabajo, de amistad—, tienden a organizarse alrededor de la voluntad de esa persona, y a mediano plazo eso las va vaciando, las va dejando sin aire.
La buena noticia: no es un rasgo fijo
Entre esos dos extremos existe un punto medio que no es ni sumisión ni imposición: la posibilidad de decir que no sin sentir culpa inmediata y de escuchar un no ajeno sin tomárselo como una amenaza. Llegar hasta ahí tiene un costo real, y nadie lo niega, porque implica arriesgar el vínculo con alguien de quien uno depende, sea desde lo afectivo o desde lo económico. Pero ese costo, casi siempre, termina siendo menor que el de seguir callado o el de seguir avasallando.
Lo más importante de todo, y esto es lo que rescato cada vez que vuelvo a charlar con profesionales del tema, es que esto no es un rasgo de carácter inmodificable. Se construyó en un momento —en la cuna, en la infancia, en esas primeras escenas que ya contamos— y, cuando no se construyó bien, se puede revisar. Un tratamiento adecuado ofrece ese espacio para aprender a decir "hasta acá" sin sentir que se traiciona al otro. Yo, te confieso, creo que esa posibilidad de revisar lo aprendido es una de las noticias más luminosas que nos deja este tema: que nadie está condenado a repetir el mismo libreto, ni del lado del que se calla ni del lado del que no escucha.
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