Ad Astra: el viaje de Brad Pitt que empieza en la Luna y termina en el fondo de uno mismo
La película de James Gray convierte una misión a los confines del sistema solar en una búsqueda del padre ausente. Con Roy McBride, Pitt se anima a un personaje contenido, casi mudo, y deja que el espacio haga el resto del trabajo emocional.
Lo primero que uno escucha en una sala donde se proyecta Ad Astra no es una explosión ni una fanfarria de sintetizadores espaciales: es la voz de Roy McBride, ese astronauta que Brad Pitt compone como si tuviera la garganta calibrada para no romper nunca el tono. Esa voz en off, casi clínica, va midiendo el pulso del protagonista mientras el mundo alrededor se desborda. Es un arranque raro para una película con persecuciones en la Luna y operativos en Marte, y sin embargo funciona como una declaración de intenciones: acá lo que se va a contar es, sobre todo, lo que pasa por dentro de un hombre que aprendió a noquear sus emociones para poder trabajar.
Roy es un tipo al que le miden el ritmo cardíaco cada vez que atraviesa una situación de riesgo, y el aparato, casi siempre, marca números sorprendentes. Ese control obsesivo no es un superpoder: es la coraza que se construyó un chico que vio a su padre marcharse a una expedición espacial y no volver. James Gray, que ya había demostrado su pulso para el drama familiar en films como La noche más oscura o La otra cara del crimen, vuelve a poner a un hijo frente al fantasma del padre, solo que esta vez la búsqueda no ocurre en una calle de Nueva York sino en los confines del sistema solar.
Una misión hacia afuera que se vuelve un viaje hacia adentro
La excusa argumental es una nueva misión: hay rastros de la expedición perdida y el Comando Espacial necesita a Roy, en parte por sus condiciones físicas, en parte por una lógica casi bíblica de mandar al hijo a buscar al padre. Así, la película va sumando escalas que parecen sacadas de una postal turística del futuro: una Luna con una base comercial ruidosa, un Marte con paisaje rojo y operativos militares, y finalmente el silencio de los confines, donde la nave avanza y los personajes empiezan a quedarse solos con lo que cargan.
En ese recorrido, la fotografía de Hoyte van Hoytema se luce: los planos del espacio profundo, la forma en que la luz se filtra en las cabinas, la inmensidad que rodea a un tipo con traje presurizado, todo recuerda que la película es un drama con casco. La soledad no se dice, se ve: en los pasillos vacíos, en la respiración amplificada dentro del casco, en la distancia entre Roy y cualquier otro ser humano que aparezca en cuadro.
Pitt encarna a Roy desde la mesura, sin grandes gestos ni escenas de desahogo. Es un trabajo de oposición a la imagen de estrella ruidosa que uno suele cruzarse en blockbusters: acá el actor deja que la cara, la mirada y la respiración cuenten lo que el personaje no se permite decir. La película, así, se vuelve un ensayo sobre los varones que no aprendieron a nombrar lo que sienten y sobre los hijos que heredan, sin querer, las cuentas pendientes de sus padres.
Uno puede no engancharse con la ciencia ficción más clásica de Ad Astra ni con su ritmo a veces demasiado contenido, pero cuesta no reconocerle la honestidad con la que mira el vínculo entre un hijo y la figura que admira. A mí, particularmente, me deja con una sensación que sobrevive al crédito final: la de que en el fondo las distancias más difíciles no se miden en kilómetros sino en silencios, y que el espacio, con todo su vértigo, a veces es solo un lugar enorme para encontrarse con uno mismo.
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